En el apasionante deporte del golf, al jugador más avezado, al de mayor experiencia, al campeón de campeones, o al inexperto, le ha pasado y…le volverá a pasar.
Así es: cualquier día, de esos esplendorosos que se viven en la canchas del Country Club en Sabanilla, se encuentra el competidor con la bola al frente, ya bien sea, en el centro del bien cortado césped del fairway, o a un costado, en la mas crecida hierba del rugoso rough, o quizá sobre un green cuyos desniveles y caídas no ha podido interpretar, exasperado por la presión del juego, con la mente nublada y ad portas de tomar una decisión de juego equivocada.
En ese trance es cuando aparece, a su lado, talega al hombro, en un silencio solo interrumpido por el suave tintinar de los hierros golpeándose entre sí por efecto de un acompasado andar, su partner: así se denomina en el mundo del golf a los que ofician de caddies. El, tranquilo y pareciendo disfrutar de los diferentes matices del verdor de la cancha contrastantes con el maravilloso azul del mar, sereno y sin afujías insta al deportista a mantener la calma mientras, en su interior, prepara la estrategia a sugerirle para que emboque la bola, con el mínimo de golpes posible, en el próximo hoyo.
Queda así convertida la cancha en escenario del más importante comité, de toma de decisiones, mientras que el humilde hombre de trabajo informal y temporal, como por arte de magia, se transforma en consejero y mano derecha del prominente industrial, afamado medico, exitoso arquitecto, importante constructor, o hábil asegurador, fungiendo, por fuerza de la pasión que le proporciona tan espectacular juego, de deportista ávido de un consejo que lo lleve a resolver la encrucijada que las dudas en su accionar competitivo le vienen generando.
Un hibrido cuatro es mucho, fíjese que está soplando a favor, vamos mejor con hierro cinco; apunte hacia la derecha pues tenemos viento cruzado, tire el putt a dos dedos con caída por la derecha, son algunos de los de los hipotéticos consejos que proporcionan El búho, Carrincha, Miguelito, Heder, Elvis o cualquier otro identificado con singular apodo o por su nombre, – sus apellidos pocas veces el jugador los conoce- y que muchas veces sacan de una duda o son valiosas opiniones que llevan a ganar un juego o un torneo. El cadiee ha demostrado, entonces, que no es un simple carga talegas, sino un importante asesor del deportista.
Cumplidos los 18 hoyos, tras cuatro o cinco horas de trasegar por el campo, termina la faena y un apretón de manos y la paga de la jornada rompen el hechizo que, por ese tiempo, catapultó en importancia al trabajador informal convertido temporalmente en partner, quien regresa a la realidad de una quizás azarosa vida, contrastante con el mundo para el de fantasía que, por ser el golf el deporte de los negocios, en desprevenidas conversaciones entre integrantes del foursome (grupo de cuatro jugadores) alcanza a escuchar.
Realidad de realidades de unas diferencias económicas y sociales que no están en manos de los deportistas, ni de las directivas del club solucionar. Aunque, como lo demostró la importante acción acometida por el comité de golf, de alguna forma se puede contribuir a amainar.
Así se hizo con la materialización de una idea que hace años venia rondando: la constitución de la Fundación Hoyo en uno, anunciada por el presidente del comité “Chiqui” Salas en el torneo del mismo nombre, cuyo objetivo es contribuir a solventar algunas vicisitudes de esos hombres y sus familias, que semanalmente nos asesoran en el éxito de la jornada deportiva.
Y la iniciativa de Junta y comité tienen eco y respaldo: el vozarrón “golpeao” que tras la enorme humanidad de Carlos Yacaman esconde un corazón generoso y altruista, con la realización del torneo Tuvacol -constituido en motor alimentador de la generosa iniciativa- desnuda, año tras año, ese sentimiento de solidaridad generalizado entre los socios deportistas por su partner de juego.
Ello se puso de presente en la clausura del torneo en exitosa subasta de maderas, hierros y elementos deportivos en donde primó, más que la oportunidad o necesidad de compra, el espíritu generoso y desprevenido, de los socios, en colaborar con una causa que merece la solidaridad y respaldo y que confirma que, para la mayoría, el caddie es más que un simple carga talegas y recogedor de bolas.
Por: Ricardo Buitrago C.




